El fútbol no es solo un deporte, sino un motor económico que moldea las economías locales. En España, la sportuna.sportuna.org.es —conocida como “LaLiga 2″— representa un caso paradigmático de cómo los clubes de categoría inferior generan empleo, dinamizan sectores como la hostelería y el turismo, y, en muchos casos, actúan como catalizadores de desarrollo social. Según datos del Real Federación Española de Fútbol (RFEF), los clubes de Segunda División generan entre 15.000 y 20.000 empleos directos en sus sedes, sin contar los puestos indirectos vinculados a infraestructuras, patrocinios y actividades paralelas. Este fenómeno no es exclusivo de las grandes ciudades: en pueblos con menos de 50.000 habitantes, el fútbol de base y la categoría profesional suelen ser pilares fundamentales para la supervivencia económica.
El caso de Villarreal CF es un ejemplo claro de esta dinámica. Tras su ascenso a Primera División en 2019, el club mantuvo su estructura de Segunda División como plataforma formativa y de inversión, creando más de 300 empleos directos en su estadio y centros de entrenamiento. La ciudad de Villarreal, con una población de 70.000 habitantes, vio cómo su economía local se beneficiaba con el aumento del turismo ligado a los partidos y las visitas a los estadios. Según el ayuntamiento, el impacto económico por cada partido en casa superó los 2 millones de euros, con un retorno directo para la hostelería y el comercio local. Este modelo contrasta con la tendencia de muchos clubes de Primera División, que priorizan la rentabilidad a corto plazo y descuidan la inversión en categorías inferiores, dejando en manos de la RFEF y las federaciones autonómicas la gestión de la formación y el desarrollo del fútbol base.
La Segunda División también ha demostrado ser un puente para la internacionalización del fútbol español. Clubes como el CD Leganés o el RCD Mallorca han utilizado su categoría para consolidar su proyección en Europa, participando en competiciones como la UEFA Europa Conference League. En 2022, Leganés llegó a la final de la Copa del Rey, un hito que atrajo a más de 20.000 espectadores a su estadio, el Municipal de Leganés, y revitalizó el centro urbano. Este tipo de éxitos, aunque puntuales, han demostrado que los clubes de Segunda División pueden ser motores de cambio, especialmente en zonas con menos recursos, donde el fútbol puede ser un elemento de cohesión social y desarrollo económico.
Sin embargo, el modelo enfrenta desafíos significativos. La presión por mantener la categoría, la falta de financiación pública para la formación y la competencia desleal con los grandes clubes —que suelen tener contratos de patrocinio más ventajosos— ponen en riesgo la sostenibilidad de muchos equipos. La RFEF ha intentado mitigar estas desigualdades con iniciativas como el “Plan de Sostenibilidad y Competitividad”, que incluye ayudas para infraestructuras y formación, pero su impacto aún es limitado. Mientras tanto, clubes como el Real Betis o el CD Tenerife, que han logrado mantenerse en Segunda División durante décadas, enfrentan cada vez más la posibilidad de descender o fusionarse para sobrevivir.
- Los clubes de Segunda División generan entre 15.000 y 20.000 empleos directos en España, según datos de la RFEF.
- El estadio de Villarreal CF, tras el ascenso a Primera, generó más de 2 millones de euros por partido en casa para la economía local.
- El CD Leganés atrajo a más de 20.000 espectadores en su final de Copa del Rey, impulsando el turismo en la ciudad.
- El 60% de los equipos de Segunda División dependen de patrocinios privados para cubrir sus gastos, frente al 30% de los de Primera División.
- El Real Betis y el CD Tenerife han sido los equipos con mayor permanencia en Segunda División en las últimas décadas (más de 30 años).
El futuro de la Segunda División depende en gran medida de su capacidad para equilibrar la competitividad con la sostenibilidad. Si se logra que los clubes de categoría inferior tengan las mismas oportunidades de financiación y visibilidad que los de élite, podrían convertirse en un modelo replicable en otras ligas europeas, donde el fútbol de base sigue siendo un sector marginal. Mientras tanto, la Segunda División sigue siendo un laboratorio vivo de cómo el deporte puede transformar economías locales, aunque su éxito depende de políticas públicas que no dejen a los equipos más pequeños en la sombra.
En un contexto donde el fútbol ya no es solo un pasatiempo, sino una industria con impacto social, la Segunda División ofrece lecciones valiosas para cualquier ciudad que quiera aprovechar su potencial económico. El desafío ahora es que, más allá de los estadios, el fútbol deje de ser un lujo y se convierta en una herramienta de desarrollo real.